jueves, 21 de abril de 2016

LA TRAMPA Y LA PRIMA MIGUELINA, UN AGRADECIMIENTO INOLVIDABLE Y TÍA GILDA


Nota previa: esta entrada en el blog de La Trampa es un relato o artículo que forma parte de la travesía o recorrido que acabo de hacer por Mérida en marzo de 2016 y que inicié con el artículo de Tinaquillo.

¿Cuánto tiempo habrá pasado desde el accidente de mi madre, Petra María Rodríguez de Zambrano?
Mamita Ramona
Mi madre,
 Petra María
¡Epa!, como que me adelanté mucho en el relato pues, en lugar de comenzar por el principio, vengo a querer que ustedes, queridos lectores, entiendan algo que solamente está en mi mente; bien, les pido disculpas por ese inicio tan “alocado” narrativamente, ja, ya va, ya voy.
Resulta que mi mamá, Petra María −hace algunos treinta años−, cuando murió su madre y abuela mía (Mamita Ramona), viajó a Mérida (allí sería el velorio de la abuela) y, dentro de todas las cosas que tuvo que hacer por allá: saludar a hermanos suyos que tenía años sin ver, conocer a primos, cuñados y demás familiares, tuvo la suerte de reunirse con su hermana Matilde (la tía con mirada de ángel).
Tía Matilde y su sobrino preferido
Todo muy bien hasta aquí, pero… como en todo relato siempre parece que tiene que usurpar el aspecto negativo, en este no hubo excepción, les cuento: estaban paradas las dos ancianas y hermanitas (mi madre y tía Matilde) en un lugar donde… les resumo: un camión mediano las embistió; en ese momento falleció la tía Matilde y mamá fue recluida en el hospital central de Mérida.



Causas de la rapidez del relato anterior
En realidad siempre me ha parecido que esa triste anécdota del camión con las dos hermanas  es  algo  fuerte, mucho, y  prefiero, en  su  lugar, pensar  que  ambas  hermanas
Papá y Mamá (foto retocada por Rita)
estuvieron juntas todos esos quince o veinte días antes del accidente. Es muy seguro que rieron bastante, que hablaron de las tremenduras en sus mocedades, de los hijos, de los nietos, de Dios, de los esposos, de la ingratitud o gratitud de muchos seres cercanos o lejanos, en fin, de todo lo que dos hermanas pudieran decirse por última vez. Jaja, las imagino sonreídas, tomadas de la mano para cruzar las calles, apoyándose la una en la otra (mamá y su hermana Matilde eran la mayor y la segunda al mando, respectivamente, dentro de los quince o dieciséis hijos que tuvieron Mamita Ramona y Papito Rosalino). También, seguro, hablaron del esposo de tía Matilde, el de la mirada azulada y linda: Rafael Uzcátegui, y de mi padre Juan Francisco Zambrano, el hijo de Juana, la Nonita encantadora y también inolvidable.
Tía Matilde y su esposo Rafael Uzcátegui
Foto proporcionada por la prima
Aída Rodríguez de Pernía
Para no finalizar este párrafo con alguna imagen tristona, les comento: tendría mamá algunos 25 días en la sala de emergencia o de cuidados intensivos del referido hospital, ya ella hablaba, nos reconocía, reía, comía de nuestras manos (yo me las arreglé para dormir todas las noches de ese mes debajo de la cama de mamá). Pues  bien, uno de esos días llegó a visitarla un señor que tendría cerca de 80 años. Nos dijo, mirando a mamá:
Yo la conozco desde que eramos niños-, y le dijo:
Petra, Petra, cómo estás, soy xxxxx, ¿recuerdas cuando eramos muchachos?
La Nonita de siempre

Ella se quedó un momento pensativa y respondió:
Hooola, ¿cómo te encuentras?
El anciano nos miró y exclamó con mucha alegría:
Me reconoció, sí, me reconoció...
No cabía en sí de tanto gozo. Al rato el señor se despidió prometiendo que volvería. Cuando se retiró, mamá nos preguntó:
¿Quién es ese señor?
Reímos un rato de la anécdota que ya habré contado algunas treinta veces desde aquel momento. Sí, cosas que pasan, lectores.


¿De qué hablaron, con toda seguridad, mamá y su hermana Matilde?
No soy adivino, pero… conociendo a mi madre, estoy muy seguro de que ella le dijo a su hermana:
─Matilde, la vida, la edad nos alcanzó. Gracias a Dios que llegamos a esta edad pues muchas personas no tienen esa dicha.
Y la tía, casi que podría haber respondido:
─Sí, Petra, pero aquí seguimos
Y luego terminarían en una sonrisa que sellaría ese lazo perfecto hecho por Dios de la hermandad. Hablaron, por supuesto, de situaciones o cosas muy pero muy sanas, aunque, por supuesto, con alguna tremendurilla de sus tiempos de mozas por allá, en La Trampa, donde nacieron.

Vaya, vaya, querido (a) lector (a) de estas palabras: qué experiencia tan hermosa siento al expresar estas imágenes de mamá y de su hermana, pues, sin poder evitarlo, en la garganta siento un pequeño nudo que, lejos de molestarme, me hace sentir más cerca de esos momentos que intento imaginar, describir.
Y te diré una gran… no sé cómo definir el anhelo de volver a tener, aunque fuera por un minuto, los rostros de estas hermanas delante de mí, sí. No obstante, como estoy consciente de que eso no puede ser físicamente, sí puedo hacerlo en forma mental, lo cual, para mí, es hacerlo en físico. Además, todo este recorrido en lo literario e informático que realizo (libro de Décimas, whatsapp, correo familiar y el presente blog) forman parte de ese sentimiento de culpa que tengo de no haber visto antes las cosas con los lentes con que las veo hoy a mis 63 años (los cumplí hace dos días, el lunes 11 de abril). 

¿Y cómo cuadra la prima Miguelina en todo este berenjenal que les he contado?
Tío Pedro, padre de Miguelina
Ya va, dejen las preguntas para más tarde; no me saquen de la línea cronológica que tengo en mente cumplir, ya va, paciencia. Resulta que, no, mejor lo digo de otra manera (así hablamos en la práctica, decimos que es mejor algo futuro que lo que acabamos de decir y resulta que no habíamos dicho nada, jajajaj, así somos). Les decía que al principio fue el súper abuelo Rosalino y su esposa Ramona, de esta pareja surgieron 15 o 16 barrigoncitos, uno de ellos tuvo por nombre Pedro María, reidor, juguetón y con una sonrisa y picardía a flor de labios y remarcada en su mirada de buena gente.
Este tío Pedro procreó dentro de sus hijos a Miguelina, y ella, aunque ustedes no lo crean 
Miguelina en sus años mozos
−pues no es una acción que vemos a diario, queridos lectores− fue tomada por Dios para que, en su casa de Mérida, diera cobijo a mi madre cuando esta abandonó el hospital central de Mérida. Allí estuvimos varios hermanos e hijos de mamá, creo que todos. Vimos la misericordia de Dios en el alma de la prima Miguelina hacia mi madre. ¿Qué, entonces, puedo decir de esta prima? No hay palabras para agradecerle tan hermoso gesto para con el ser que me dio la vida.

Veinticinco o treinta años después
En casa de Miguelina 2012
(Queja mía. No, no, no, lectores: no vean esta manera tan ilógica de entregarles el cuento; lo escuchan y leen cada instante en las películas "ten years later" y no dicen nada; se la calan y 
hasta con aplausos; aquí tendrán que admitir la forma por tratarse de una realidad, hum).
Jovino con la guitarra
Con Any y Deglis
Abraham y Deglis, hermanos y abrazados
En el año 2012 fui con Rita y mis dos hijos (Flor Karina y Carlos Alberto) a la casa de Miguelina para buscar fotos que necesitaba para el libro póstumo a mis padres, el cual terminé en ese año y se denomina Cien décimas póstumas a mis padres al cual, y lo acabo de pensar, montaré de alguna manera o con cualquier excusa  en  este  blog; por  supuesto  que  sí. Bueno, allí estuvimos y compartimos algunos días. Luego, en este año 2016, en marzo volví con Rita a la casa de Miguelina. Nos trataron excelentemente y logré tomar unas fotos allí que estoy compartiendo con ustedes, lectores.


(PARÉNTESIS NECESARIO EN EL DÍA DE HOY MIÉRCOLES 13 DE ABRIL DE 2016 SOBRE TÍA GILDA)
Tía Gilda (hermosísima)
¿Pero, y quién es la tía Gilda, qué pito toca aquí?, se preguntarán algunos lectores, les diré: este relato es mío, es mi familia, es mi blog, es mi tiempo y… por favor, permítanme que drene aunque por momentos les pueda parecer que mi escritura se salta los parámetros normales, sí, sí, eso me lo han dicho muuuuchas veces, a lo que yo, sin entrar en discusiones, solamente me callo y pienso: “así soy”, no escribo para agradar a alguien sino para drenar lo que tengo y me aprisiona, jajaja, en serio, es como un torbellino que puja por salir a través del teclado, vaya, vaya, qué torbellino, ya lo conocerán mejor, pero, bueno… si insisten en querer criticar mi forma de escribir se los diré de manera más sutil, más… no sé, más algo, pero mejor, lean:

Tía Gilda (más hermosa)
Estoy consciente, apreciadísimos lectores (no me dirán que no les gustó el superlativo de “apreciados”, ja) de que uno, cuando intenta escribir algo con cierto orden, debe procurar dejar de lado cualquier información o dato que esté fuera del discurso, pero… caramba, se trata de Carmen Gilda, mi tía, la hermana de mamá. Tía, hoy 13 de abril está de cumpleaños, y, en verdad, no me pareció justo omitir su nombre en este artículo, a pesar de que ella tendrá un apartado especial con sus hijos y esposo en otra entrada que les anunciaré. Al igual como lo tendrá cada hermano, primo, amigo o conocido de mi madre Petra María Rodríguez de ZambranoLes envío, por tanto, algunas fotos de esta, la tía hermosa, la que nunca levantó la voz, la que acabo de llamar en este momento para felicitarla por su nuevo cumpleaños y que me atendió con una voz dulcísima, atenta (parecida a las de las damas que hablan por parlante en los aeropuertos en varios idiomas). La tía que siempre he visto súper arreglada y elegante en todo sentido.
Lque gustosamente fue la primera en obsequiarme sus álbumes para que yo eligiera cualquier foto para hacer las Décimas; 
Tía Gilda ¿con quién?
pues con su sobrino preferido
la que se ofreció, y cumplió, para llevar un ejemplar de las Décimas a cada familia mía en Mérida en el año 2012.   En fin, a la tía cuya voz fraternal me recuerda mucho a la de mi madre y que, por todo lo dicho, me lleva a resumir en seis palabras toda una vida: 
te quiero, tía Gilda, feliz cumpleaños.

Miguelina, Miguelina
Sirva la presente entrada, además de cumplir para reseñar mi viaje hacia Mérida, como unas gracias públicas por lo que hiciste con tanto desprendimiento por mi querida madre Petra María Rodríguez de Zambrano. Sentimiento que, doy por seguro, es el mismo que tienen mis hermanos (Luis H, Luis C, Luisa, Josefina, Carmen C, Nixon −y Guaica desde la distancia).
La prima Miguelina
Por supuesto que estoy muy claro de que unas palabras no compensan todo el accionar tuyo, Miguelina, para guarecer a mi madre en tu casa (mover camas, hacer de enfermera, promover el amor hacia mi madre entre los tuyos, cambiar o modificar ciertos hábitos de tu hogar para no perturbar el sueño de mi mamá, en fin, sabes a qué me refiero). Y, como a veces (muchas veces) no encontramos las palabras apropiadas para agradecer como en realidad lo sentimos, prefiero escribirlo pues creo que así me es mucho más fácil desnudar mi alma:

Gracias,
 gracias, prima Miguelina, 
por todo lo que hiciste por mi madre; 
una deuda mía hacia ti y a los miembros de 
tu querida familia que siempre conservaré; una 
deuda que no se cancela con dinero sino con mi mejor 
pensamiento y deseos por tu familia y que Dios siempre los socorra
 en todo momento, al igual como tú hiciste, prima, con el ser que me trajo al mundo.

2 comentarios:

  1. Muchas emociones fluyeron al leer este artículo. Imaginé tantas cosas... y sobretodo, traje de nuevo a mi abuela a mi mente, porque en mi corazón siempre está ¡Cómo LA ADORO!
    Gracias por este hermoso trabajo familiar que estás haciendo, tío.

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  2. Sí, son anécdotas que ya había escuchado, pero al verlas publicadas, la emoción es diferente, debe ser porque la estás compartiendo con la familia y el resto del mundo. En cuanto a la prima Miguelina, sé que en tu sentir te quedaste corto, ella es especial en todo momento, en esos viajes a Mérida, nos ha demostrado sobrado afecto y hospitalidad, es una hermana. Hasta pronto y gracias Miguelina, te queremos. Gracias, Carlos, sigue reviviendo a la familia.

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