lunes, 29 de febrero de 2016

Los orígenes de la familia que vino de La Trampa

Los orígenes de la familia que vino de La Trampa


Esta foto no es de La Trampa, la tomé de internet por la
bandada de pájaros que parecen ir hacia el Sol,
tal vez se me asemejó a algo así como:
Desde La Trampa para el mundo

En estos días he estado pensando en el blog; cómo confeccionarlo de la mejor forma posible, pero, vaya: cuando uno está comenzando en algún oficio (este es mi primer blog) todo cuesta. Tal vez sea así como se paga el noviciado. Sé que necesito más práctica de la que pensé en los primeros momentos cuando creía ‒cual buen iluso‒ que en dos días tendría el blog montado y diseñado en un 70% (confieso que...
en estos momentos no alcanzo el 40%).
Esa manera de confeccionarlo mejor ‒me dije‒ debo hacerla incorporando en las entradas (artículos) a los primarios, a los que, bajo mi recuerdo, son los pioneros de toda esta grande y hermosa familia que se formó con los años. Por supuesto, estoy claro en que si vamos a ser apegados a la norma lo correcto sería que comenzara con el primer hombre; Adán; pero, vamos, no me pidan tanto. Además, desde este primer hombre hasta hoy no puedo seguirles la pista a tantos familiares en el tiempo. Prefiero, en su lugar, hacer caso omiso de los miles de siglos previos y comenzar mi relato desde los primeros que recuerdo o de quien he tenido noticias, tal es el caso del abuelo Rosalino Rodríguez (papá de mi madre), Ramona Dávila de Rodríguez (mamá de mi madre), Juana Zambrano (madre de mi padre), Petra Vielma de Rojas (mamá de tía Edilia y suegra de tío Alberto Rodríguez, de quienes hablaremos en un próximo artículo), y Juana Vielma (prima de Petra Vielma).
Así, cinco personajes de quienes estaremos conversando en el recorrido literario del presente artículo; el cual, como los dos anteriores, solamente tiene la intención de traer sus vidas y nombres a la palestra (al momento actual; domingo 28 de febrero de 2016) a fin de que sus figuras retomen algún nuevo brillo y no se queden en ese tiempo lejano. Sería ‒mirándolo desde el ángulo familiar‒ como un deseo de volver a verlos, de saber de ellos, de escuchar sus sonrisas; en fin, de hacer con ellos lo que muy interiormente deseo que alguien haga conmigo después de mi partida física.





      ROSALINO RODRÍGUEZ                                                                    
           Sería el Adán de mi artículo. En verdad, no recuerdo su rostro, ni algún gesto muy suyo que pudiera usar para asociarlo con algo o alguien. Estaría yo muy pequeño cuando lo vi por primera vez (quizás fue una o dos veces que lo vi), pero sí recuerdo algo de su figura; grandote y trabajador, tal vez era flaquito pero me luce que para la escritura debo ponerlo más grande, esto, tomando en cuenta la compensación por no recordar nada suyo, ¿no les parece? Su camisa y pantalón serían, lo más seguro, de kaki. Ah, se me ocurre algo: en vista de que no recuerdo su rostro ni otras señales suyas, inventaré algo que me sale de allá… ustedes saben de dónde; y detectarán qué es invento y qué no lo es:
Con su mirada puesta en la montaña, donde tenía las vacas que le daban leche a él y a sus catorce o quince hijos (ese número es real, ya lo constataremos), y el pensamiento retozando sobre tantas otras cosas del trabajo del campo, se preguntaba a diario cómo sería la próxima cosecha de maíz, la del apio, ocumo, papas, pues él no creía poder aguantar otra temporada sin lluvia como la del año anterior en la que perdió casi toda la siembra, y sus catorce barrigones creciendo y pidiendo más comida cada día. ¿Colegio para los muchachos? Ja, ni pensarlo. La mayor, Petra María (esta es mi madre) hacía falta más en la casa (ayudando en la cocina o atendiendo a los pequeños) que en la escuela, además, en verdad, no creo que hubiese existido una escuela cerca pues la maestra, la única que conocí en las dos o tres oportunidades que visité La Trampa, fue la tía Edilia, pero para los días de mamá en su mocedad, la tía Edilia era muy joven (tía Edilia para estos momentos del relato, tal vez no había nacido; ella se casó con mi tío Al… pero vamos, no me apuren, el relato de esta tía no pertenece a este artículo, tengan paciencia).
Prosigo con el “invento”:
Rosalino a veces elevaba la vista a dos partes: al cielo pidiendo agua y ayuda de Dios, y a la montaña que tenía por delante; esta era muy grande para él solo, no podría, ni con recursos económicos suficientes, sembrar todo el terreno, y menos recoger la siembra y pagar para llevarla arriba, al centro del pueblo de La Trampa, donde la podría vender con algo más de ganancia. Además, no existía carretera que llegara cerca de su casa; tenía que tomar dos o tres mulas, cargarlas con lo poquito que hubiera cosechado y arrear para llevar esos alimentos al pueblo. Eso era mejor que esperar al eterno comprador que pasaba por allí cuando las maticas estaban cargadas para pagarle un mísero precio por todo, toda la siembra.
Luego bajaba la vista, no iba a estar todo el día mirando para arriba desde donde parecía no venir solución alguna, y por si fuera poco, el nuevo barrigoncito llorando al lado de los muchos hermanos.

¿Eran catorce y todos sanos?, se preguntará algún lector
Pues no, no fue así. De labios de mi madre supe que algunos de ellos (por lo menos dos, Desideria y otro cuyo nombre no recuerdo) fallecieron jóvenes por no sé qué enfermedad. Recordemos que en esos momentos, lejos de hospitales y de médicos, toda enfermedad era tratada caseramente. Eran tiempos en que Dios, sin que la gran familia naciente se diera cuenta, protegía a sus miembros, haciéndolos inmunes a la picada de algunos animales o a enfermedades propias de la vida citadina. La casa del abuelo Rosalino quedaba a alguna hora y media de la ciudad; casi 40 minutos a pie hasta la parte superior de la cuesta (donde quedaba el centro del pueblo de La Trampa con algunas diez casitas, recuerdo) y el resto entre la espera del yip que nos bajaría a Mérida, o a Lagunillas y el recorrido escalofriante por sobre una carretera llena de precipicios en la que a cada instante había que detenerse para que el carro que venía en sentido contrario pudiera pasar (en muchos lugares de la carretera no cabían dos carros juntos). Les confieso algo, hum, la semana entrante (la primera de marzo de este año 2016) viajaré a Mérida; pretendo llegarme hasta La Trampa, ja, veremos esa carretera, la que imagino llena de crucecitas, ¿por qué, preguntan?; por los muchos avispados que quisieron llegar más rápido a Lagunillas (pueblo entre La Trampa y Mérida) y decidieron hacerlo por el precipicio. Bueno, cada quien tiene sus métodos.

¿14?, me repreguntarán ustedes, amigos lectores
Sí, 14, les responderé. Ah, les pido que no vean tan grande el número, recuerden que estoy hablando de un personaje andino, andino. Es decir, este abuelo ‒como todos los merideños o trampeños de su época‒ no sabía de pastillas anticonceptivas, ni de otros cuidados para evitar el embarazo. Y no me vengan a decir el refrán antiquísimo de que era porque no había televisión. No, no y no; ese cuentillo súper gastado no cabe aquí (en este relato no aceptaré chistes o refranes modernos, solamente incluiré los del tiempo del abuelo; me quedó bonita la frase, ¿verdad?). Les decía, a ver, a ver, ah, ya recuerdo: estábamos en lo de los 14 triponcitos, sí. Pero, les pido que no se los imaginen a todos de la misma edad, sean más imaginativos, ellos tenían edades continuas (la abuela Ramona, esposa del personaje de quien hablamos, Rosalinillo, nunca parió más de uno por parto; quizás sería cuestión de honor o costumbre de familia, ustedes saben, cosas que uno debe respetar y no opinar al respecto). A esos tíos no los vi chiquitos, pero los puedo imaginar: al más pequeño (Simón) en los brazos de la mayor (Petra, mi madre), o de alguna medio adolescente como mamá (tal vez Matilde o Francisca). No creo que el tío Pedro hubiese aprendido a cargar niños, tampoco tío Alberto, estos dos nacieron para el trabajo, y duro, en la montaña, en la ciudad, en la familia, en… sí, se forraron de capas hermosas para arrear a los suyos, ah, pero ¡qué pasó!:  ustedes me obligan a salirme del cuento principal, estos son personajes de próximos relatos, tranquilos, paciencia.

Me faltó recordar a Socorro, Gilda, Josefa Antonia (la tía toña de Chuparín, así la recuerdo, creo que Chuparín es un lugar de Oriente, en otra oportunidad lo buscaría en internet, pero en este no porque estoy escribiendo de una; lo que venga a la mente bajo una secuencia de hechos que “invento” del abuelo Rosalino, y, si me detengo a pensar mucho se me va la idea y eso, en verdad, no me gusta, pues creo que lo mejor es lo que sale casi sin pensarlo pues, creo, son momentos en los que estamos conectados con el personaje de quien hablamos o de quien nos referimos (cosas de uno, ustedes entienden; cuando uno entra a viejo y sigue pa’ viejo, hay que aceptar las cosas como vienen, no hay de otra). De los varones me faltó el tío Pedro, el de los ojos grandes y medio saltones (como los míos), José Ramón (quien me hacía recordar la comisura sana y sonrisa sin doblez de Mario Moreno, Cantinflas), Imelda, Alberto. Parece que no me falta ninguno, ah, pero les dije que eran 14 y solo he nombrado a 10, vaya, entonces la mortandad fue mayor a lo que me dijo mamá (quizás me dio ese número bajito para que no me asustara).

 Sí, el abuelo materno Rosalino. Creo que debió ser buena gente, y no sé por qué, pero me viene a la mente una figura suya de un abuelo casi inocente de cuánto pasaba a su alrededor; un hombre que nació entre papas y hortalizas, que se desarrolló entre luces y tinieblas, que pensó entre hijos y cosechas, que intentó lo que su cabecita ordenaba dentro de aquel frondoso bosque seleccionado por Dios para que él viviera y trajera al mundo la simiente de la gran familia que vemos en este naciente 2016.
En fin, un abuelo que, como todos los abuelos, imaginamos sin hermanos, sin madre ni tíos, sin padre ni suegros, sin cuñados ni compadres, solo para nosotros pues él, repito, como todos los abuelos, no debe tener otros parientes que no seamos nosotros, quienes no supimos sus andanzas de adolescente ni de cuándo entraba en la mayoría de edad, y menos cuándo se enamoró y se casó entusiasmado, pues, en verdad, un abuelo, en la mente de quienes siempre lo veremos como eso, como un abuelo, no tiene derecho a participar de otra familia que no sea la que conocemos, y donde él, siempre será eso, el abuelo.

El abuelo, queridos lectores, es decir, al que siempre denominé Papito Rosalino, se fue de mi vida de la misma manera como llegó, es decir, sin publicidad. Me explico: estaría yo más grande, quizás 15 años más viejo, y llegué a La Trampa. Vi a tío Pedro como el señor de la casa, Creo que no pregunté por Papito Rosalino. Tampoco nadie lo nombró. Y siguió la fiesta. Me acostumbré a pensar, cada vez más distante, en el abuelo. Ya casi que su figura se me transforma en leyenda, en viento, en ráfaga, en algo que pasó y que, por mi poca edad, no supe aprovechar. Por eso, vuelvo a repetir: ese inaccionar de mi parte, creo que involuntariamente por mi corta edad para esos momentos, y que hoy renace con fuerza inusual como para querer justificar mi inacción de años, sea, creo, lo que me tiene hoy día escribiendo estas palabras. Lenguaje este donde procuro justificarme conmigo mismo intentando reconstruir la imagen del abuelo que, en verdad, no tuve la suerte o la dicha de ver como he debido hacerlo.
Vaya entonces, para el abuelo, mi primer Adán, mis mejores deseos porque descanse en paz y que esté donde esté, tome estas palabras como un homenaje que, aunque tardío, es sentido desde las entrañas; me gustaría para despedir estas palabras sentir que le pido la  bendición al abuelo y que él, desde allá arriba, sonríe y me la otorga. Paz a tu alma, abuelo Rosalino.



RAMONA              
  
DÁVILA 
DE RODRÍGUEZ  
(Mamita Ramona)

¿Quién de los primos no sabe al detalle los gestos, palabras, risa y acciones de mamita Ramona? ¿Quién no supo que la esposa de papito Rosalino fue la madre serena que aprendió de sus hijos e hijas tantas cosas?, ¿quién no le ha enviado un hermoso pensamiento por haber sido ella la patrona originaria y fundadora principal de la gran familia que hoy tenemos?
Mamita Ramona. Intento recordarla en La trampa pero no lo consigo. Su imagen me viene, pero la recuerdo en el apartamento de Cotiza (lugar de Caracas, parroquia San José, donde me crié con mis padres y hermanos). Y no la recuerdo en La Trampa porque jamás la vi allí en los momentos en que fui.
¿Sonreída la abuela?, muy poco. Creo que era bastante ensimismada pues aunque la recuerdo, no consigo verle un asomo de sonrisa. Quizás ella fue siempre así o será que me presentaba yo en momentos de conversaciones algo más serias en las que yo no tenía velas.
Tengo la impresión grabada de que mi abuela Ramona siempre estaba viajando, y lo hacía de luto pues no creo haberla visto con una camisa o falda amarilla, azul o escarlata. No, todas sus vestimentas eran entre gris, negro y blanco. Hoy día, en verdad, y pensándolo mejor, en lugar de estar criticando a la abuela, creo que ella siempre estuvo de luto, pero por un hijo de los que partieron pronto o por todos juntos. Digo yo.
La recuerdo con cabello largo, labios apretados, tez serena, mirada fija, pasos lentos, sonrisa tenue más tirando a mandato que a placer, y con un medallón siempre colgándole y a la altura de su pecho.

¿Conversaciones mías con ella?, recuerdo muy pocas. Quizás yo siempre fui muy respetuoso y no intentaba meterme con quien no se estaba metiendo conmigo, o quizás era yo muy pequeño para llegar a conversar con la abuela Ramona. Creo que en la familia ella tuvo y tendrá un puesto muy especial pues ser la madre de tantos, todos tíos nuestros, era así como algo grande, inmenso. Una imagen que será recordada por todos y que, de una manera o de otra, siempre formará parte de nuestro ser, de nuestras primarias vivencias.
Una noche llegué a casa y supe que mamá viajaría para Mérida en la mañana, ¿la razón?: había fallecido mamita Ramona. Se fue, sí, pero dejó un gran legado en forma de familia que, lentamente, y con la ayuda de Dios, empieza a tomar el rumbo antiguo, el de la unión de todos sus miembros, por lo menos esa es mi intención con este blog y de estas palabras. Un ánimo que me acompaña para proseguir en la búsqueda de poner sobre el tapete, de nuevo, la bonachona figura de la abuela Ramona, y de todos los miembros de la gran familia que se han ido, así como de las figuras de sus descendientes a quienes les hago llegar las presentes palabras. Un abrazo, abuela, lo hiciste como mejor pudiste, y eso, en verdad, es bastante. Hoy puedes ver tu legado en tantos rostros y humanidades que surgieron de ti, de tus primeros pasos, de tus dudas, de tus sueños, de tus hijos, de tus nietos, de tu amor.


Juana Zambrano



La nona de siempre, la de la mirada sencilla y el alma sin dobleces,
la que vio mi crecimiento (el ángel de mi guarda).

(Nonita)
=







La mamá de mi padre (Juan Francisco Zambrano). Ella, a quien siempre he visto como el ángel de mi guarda; ella, con su sonrisa de persona pura y mirada transparente, la que supo quedarse en mi corazón como para que yo, a diario, le pida a Dios por el descanso de su alma. La nona, la nona. ¿Qué adjetivos llamativos y relucientes pudiera yo utilizar para intentar que mis palabras estuvieran a la altura sublime de mi abuela Juana? ¿Cómo seco yo la humedad de mis ojos al recordar la figura bella del ser que siempre estuvo y está a mi lado, y que por mi cabecita sin fe todavía en Dios, no supe apreciar la hermosura de abuela que tenía enfrente de mí día tras día? Devolver el tiempo no puedo, pensar en lejanos días me entristece, pensar sin pensar en ella no me gusta, creer que puedo seguir sin el pensamiento en ella me disgusta, y pensar que pudiera superar el revoltijo de ideas sobre ella, me aprisiona.  
Nona, Nonita. Bendita mano que supo darle al clik de alguna cámara fotográfica, donde apareciste tú, la única foto que conservo de tu persona, la foto que mostré, con orgullo, en el libro de Las décimas. La foto que, aunque medio rojiza, por el pasar del tiempo, siempre veo y la presento, con el libro bien abierto, a fin de que tu sonrisa, o la media que mostraste, en la puerta de Cotiza, la que aparece en la foto, siempre a mí me acompaña, la recuerdo si estoy lejos, la valoro si estoy cerca, y la tengo siempre al lado, al lado del libro santo, de la Biblia allá en mi cuarto, donde día tras día, luego de conversar con el Padre de todo, te pido la bendición.
Ay, mi nona, el murmullo de tu risa todavía en mí hace eco, la placidez de la mirada tras el marrón aclarado, de tus ojos siempre veo, no te apartes, tú, mi nona, no me dejes recordando, no me pidas que te olvide, no me dejes sin tu brisa, recuerda que muchos años por los que pude pasar, dieron duro en los lados de mi andar, me dijeron que con solo caminar, olvidaría los llantos que pudiera yo anidar, tras los recuerdos ingratos de tu figura ya lejos, tras las murallas de siempre, de silencio y vanas penas, que no permiten que entre de una vez y para siempre, la cercanía contigo, con tu luz y tu buen ojo, para mirarme de cerca o de lejos con cuidado, y desearme todo bueno, todo inmenso junto al pollo, que fui para tu persona, nona mía; quedé solo. 


Petra Vielma de Rojas (mamá de tía Edilia y suegra de tío Alberto)
No la conocí pero, tratándose de la suegra de tío Alberto, me parece, me parece, que acercándome a ella me acerco más al tío. Es una treta que nunca me ha funcionado pero insisto en ella pues puede ser que a mis 62 años vea producirse el efecto esperado por años.


 A falta de foto de la abuela seleccioné la del sombrerúo 
 y su bella dama

No la conocí, repito, pero como al pasajero se conoce por la maleta, me basta con visualizar y pensar en tía Edilia, en su forma de ser, en la manera tan correcta que tenía para todo, en su posición de maestra, de guía, y de madre número uno. Eso me basta para visualizar a la suegra de tío Alberto; para saber que fue una persona preocupada por enseñar a sus hijos y porque estos se superaran. La imagino similar a la tía Edilia: con carácter recio, con misericordia ante las vivencias de los demás pero con lo claro y digno por delante. Con la cordialidad y el respeto siempre presentes pero sin permitirle a alguno que se sobrepase en su presencia; una mano amiga para dar enseñanza y cariño, y una mano franca para saber por dónde es el camino correcto que debe dársele a un ser querido. Así, de alguien igual aprendió tía Edilia a, con iguales recursos que las demás damas de Mérida, conformar si no la mejor, una de las mejores familias del corazón merideño. Ocho maletas de iguales características a los de sus padres salieron de tío Alberto y de tía Edilia, pero ocho maletas no cargadas de cualquier cosa, sino de valores, de franqueza, de sustancia que, apegada a la fiel montaña enseñada por el padre, desde La Trampa, apuraban sus 16 piernitas para seguir la brújula que, desde la enseñanza materna, les ofrecía la tía, desde este lado.
Así, ocho maletas llenas de las dos que las precedieron, y estas dos, haciendo lo que tanto el Rosalino y lo que Petra Vielma les habían confiado: lealtad y constancia para conseguir las metas. Entonces, sí conocí a la amiga Petra Vielma de Rojas; las huellas que dejó son tan profundas que cualquiera puede llegar a conocerla bien a pesar de la aparente distancia de tiempo que pudiera existir con ella. Un abrazo para ella en cualquier lugar celestial que se encuentre. Gracias también por haber formado parte, inconscientemente, de la gran familia que hoy conformamos.


Juana Vielma (prima de Petra Vielma de Rojas)


Juanilla, estuviste en las Décimas durante tres años sin darnos
tu nombre; te ganaste el derecho de estar en esta primera
reseña de los orígenes de la familia. Sigue retozando
 en  las sabanas del cielo junto a tu tocaya. 





Juana, ayer 27 de febrero de 2016 la conocí. Les contaré cómo: esta foto me la dio tía Edilia en el año 2012 cuando fui a su casa a recopilar fotos para las Décimas póstumas a mis padres[1]. Recuerdo que ella hizo hincapié en que esta foto estuviera en las Décimas, y desde allí la guardé y la incorporé en dicho texto, en la página dedicada a tío Alberto y tía Edilia. No le puse nombre porque se me olvidó el que tía me dijo. Es decir, siempre la tuve como la madre de tía Edilia; pero ayer sábado 27, por esas casualidades extrañas de la vida, le solicité a la prima Aída, mediante Whatsapp, una reseña de la madre de tía Edilia para incorporarla en este blog, y le envié la foto; ja, me aclaró que la del sombrero era Juana, la prima de la mamá de tía. Bien, ahora entre nos, lectores, esta abuela estuvo desde el principio en las Décimas, es decir, casi tres años allí, y me parece justo que prosiga en el espacio literario que la misma foto seleccionó desde hace tiempo. En otras palabras, se ganó su puesto, ¿no lo creen así? Además, miren los ojitos achinados de la foto, casi que nos piden que la dejemos aquí, y eso, eso es lo que haré. La imagino retozando en las sabanas del cielo, tal como dice la canción, y al lado de su tocaya, la Juana zambranera, la nonita de Cotiza, la que está en la puerta (en la foto anterior).




Hasta aquí nos trajo el río por esta oportunidad. Otro día espero poder hacer mejor trabajo. El cual creo, será luego de que regrese de Mérida en el próximo viaje que estoy programando para visitar ‒los primeros días de este marzo que se avecina‒ esa tierra hermosa que me vio nacer. Viaje en el cual conoceré, de seguro, muchas personas, a quienes les tomaré fotos y comentaré, en un futuro blog, algunos pormenores importantes de La Trampa que lograron ver mis ojos.
Autor: Carlos Alberto Zambrano Rodríguez
Caracas, Venezuela, 28/02/2016

Blog: La gran familia que vino de La Trampa
Disponible para cualquier persona en




[1] Décimas póstumas a mis padres, texto que publiqué en el año 2012 donde intento resaltar las figuras de mis padres; espacio literario donde dreno gran parte de sentimientos aprisionados por la partida antes de tiempo (siempre sería antes de tiempo) de quienes, mediante los designios de Dios, me trajeron al mundo y solamente me soltaron cuando comprobaron que yo tenía alas. Alas que utilizo hoy día para devolverles, en parte, lo mucho que hicieron en mí. 

2 comentarios:

  1. Oye Papi que excelente trabajo estás haciendo. Me siento orgullosa de ti y que bueno que sigas con esta investigación y detalle familiar.

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    1. Gracias, hija, por tus palabras. Sé que esto lo merece la familia y sé que Dios me coloca para que lo haga. Ah, lo más importante, como siempre me has dicho: cuando uno de la familia está con Dios, la promesa es que todos se salven, pues bien, creo que la función principal del blog será acercar a la familia dentro del ámbito que la palabra santa espera para todos los miembros, te quiero, un abrazo, Dios nos bendice.

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